Muere Ramón Zapirain, el chófer de la Real que fue una persona especial para el grupo (Por Eduardo Escobar)

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Conocí a Isaac Sáenz, era el chófer de aquel mítico autobús que trasladaba a los jugadores de la Real y que se hizo famoso por su recorrido por toda Gipuzkoa con los recién ascendidos de Puertollano. Isaac era uno más del club y así se le recuerda. Yo era un niño que ya tenía pasión por la Real, como aquellos que formaban parte de un grupo de personas entregadas a llevar a la Real a lo más alto. Y lo consiguieron. Ya más adelante, metido de lleno en mi profesión conocí a otro chófer espectacular también. Ramón Zapirain llevó durante años a nuestra Real con su maestría al volante. Siempre risueño y optimista se sentaba a mi lado en la cabina de radio en muchos campos a los que transportaba al equipo en su bus verde. El sábado nos pilló por sorpresa su muerte, cuando aún ni siquiera había llegado a la barrera de los sesenta y cinco que marcan la jubilación reglamentaria. Le han querido mucho los componentes del club, porque era uno más que colaboraba a hacer la vida más fácil y llevadera. Uno de sus compañeros de viaje fue el doctor Eduardo Escobar, que tiene la amabilidad de volver a esta web para contarnos anécdotas vividas con el bueno de Ramón, que en paz descanse.

  Ramón sonríe en su trono con volante… Por Eduardo Escobar

El gol de Juanmi desató una alegría desbordada en el banquillo y después en el vestuario. La emoción de los últimos minutos de los partidos transmitidos simultáneamente ayudó a crear ese ambiente mágico que culmina una muy buena temporada y deja un excelente sabor de boca para que los jugadores, los técnicos, el club, se vayan de vacaciones. Todo es alegría, abrazos, declaraciones de tono eufórico.

Es domingo, ha acabado la Liga, todos contentos. Nadie ha mencionado que el día anterior apareció en el periódico una esquela perdida entre otras para “el aitona Ramón” de unos nietos que estoy seguro le querían mucho. Porque Ramón tuvo que ser un super-aitona como fue un super- chofer, nuestro chófer, nuestro Ramón, el chófer de la Real. No he visto una sola nota, un recordatorio, una condolencia a la familia. Ramón se ha ido y parece que nunca estuvo.

Pero estuvo. Fue una persona importante en un grupo que dentro no hacía diferencias entre el delantero centro y el chófer porque dentro todos éramos miembros del grupo y ejercíamos como tales, cada uno con su personalidad. La de Ramón era especial. No sé si siempre sonreía o lo parecía porque nunca se le vio un gesto de enfado, desdén o ironía. Seguro que vivió la tensión y la responsabilidad de su trabajo como cualquiera pero nunca lo manifestó.

Ramón era quien llevaba el autobús y ese puesto no era un puesto cualquiera. Para comprenderlo hay que situarse: cuando el equipo viaja, el autobús es su casa rodante. Llegábamos a los estadios entre peinetas de aficiones contrarias, a veces muy hostiles, rodeados de policía, viviendo experiencias inolvidables como la de circular a toda velocidad por el Paseo de la Castellana escoltados por motoristas de la Policía Nacional sorteando cruces de calles como en un slalom con las sirenas a tope y saltando semáforos. Ramón paraba, descargábamos y desaparecía a sitios que sólo él conocía porque se quedaba solo para custodiar el autobús durante el partido. Y al salir arrastrando baúles, rodeados de fuerzas de seguridad en una acera, con vociferantes hinchas a dos pasos, veíamos acercarse nuestro “Aizpurua” verde, que era un pedacito de nuestra casa, nuestro refugio.

El acceso era muy exclusivo. Estaba reservado a la expedición, técnicos, jugadores y los dos directivos que acompañaban al equipo en cada desplazamiento. Era la norma general que en muy pocas ocasiones consintió excepciones. Según las circunstancias el ambiente era distinto. Tras una derrota se necesitaba un buen rato para recuperar el tono vital, mandaba el silencio y solo se oían murmullos de conversaciones telefónicas con las familias. Sonido ambiente con la radio que informaba de otros resultados en otros campos. Al entrar cogíamos nuestra bolsa de picnic y ocupábamos asientos que en virtud de normas no escritas tenían nombre propio. Alrededor del mío, en la parte delantera donde se sentaban los veteranos, he disfrutado de compañeros muy ilustres: Kodro, Fuentes, Karpin, Larrañaga… Veo el pasillo interrumpido por las mesas centrales con jugadores jugando a la pocha, Océano, Alaba, Carlos Xabier, un grupo que se anima a charlar y me llama para contar el último chiste, Guru, Imaz, Imanol, Luis Perez, los porteros siempre en los asientos posteriores, Alberto, Yubero, Westerveld.

Hemos alquilado algunas pelis pero Ramón tiene una reserva en la guantera. Todavía no han llegado los ordenadores personales y todos vemos la misma, generalmente de acción. Pasan las horas y el autobús avanza. Hay gente dormida pero un grupo se dedica a tirar pelotas de papel hechas con el envoltorio del bocadillo y por fuerza tienen que chocar con la cabeza del consejero de turno. Volvemos de Asturias y las directivas han comido una fabada en buena hermandad. Harto de proyectiles se vuelve el ofendido y amenaza: “A ver niños, o dejáis de tirar pelotitas o empiezo a tirarme pedos” Se los ha ganado y todo el mundo estalla en carcajadas. Puede, incluso, que cantemos el “Jeiki, jeiki” o nuestro “Viejo San Juan”.

Ramón sonríe en su trono con volante y solo cruza algunas palabras con Zapi, masajista y primo en no sé qué grado, que se sienta en el balancín. Fuera puede llover y soplar el viento pero el autobús parece llevar una marcha automática porque la velocidad es constante. Tenemos una hora de llegada y siempre, siem-pre, llegamos en el margen de cinco minutos. Paramos para estirar las piernas en una gasolinera con servicio. En ocasiones, si hay suerte, si estamos en horario, si hemos ganado, paramos a cenar en sitios que son algo nuestros, donde ha parado el equipo de otros jugadores que se van dando el relevo. El Landa, el Marinero, el Asador Donostiarra, donde Abrego, el propietario, después de cargarnos con dos enormes cajas de deliciosos bocadillos consigue convencer al entrenador y nos hace bajar del autobús para quedarnos a cenar en Madrid.

Ramón fue nuestro chófer y nuestro amigo. Nos llevó y nos trajo, seguros de su destreza y de su talante de hombre cabal. Con él llegamos a Barcelona, a Madrid, Zaragoza, Valladolid… a tantos y tantos destinos, a Lisboa cuando volvíamos de la gira inglesa y nos llevó en una jornada inolvidable a un grupo de jóvenes, algunos más que otros, a comer a Cascais el día de fiesta entre partidos y entrenos (La foto da fe de ese momento. Ramón posa junto a Richi,  Anza, López Ufarte, Uria, Patxi Hernández, Imaz, Yubero, Estéfano, Guruzeta, Alkiza, Luis Pérez y yo mismo). Vino verde con pescado, chistes y canciones, un equipo histórico y un día mágico. Se detuvo el tiempo y pensamos que el instante sería eterno. Pero hoy no está Ramón y esa dedicatoria “al aitona” me hace pensar en un hombre joven, que nos paseó en su autobús y al que siempre hemos de recordar, no porque lo obligue la promesa al amigo desaparecido, sino porque es una parte de nuestra vida a la que no podemos renunciar.

Por vosotros Monti, Asier y Helena y para que Unai, Emma y Adei sepan que su aitona Ramón fue también un hombre importante porque fue querido. En el autobús de la Real han escrito el nombre de muchos socios pero todos nosotros leemos uno con letras más grandes y más luminosas, el que está impreso pero no visible en la puerta del conductor.




3 thoughts on “Muere Ramón Zapirain, el chófer de la Real que fue una persona especial para el grupo (Por Eduardo Escobar)

  1. Ibon barral lizarraga

    Que raro soy .lo reconozco.solo fuimos dos de la real al funeral de RAMON ZAPIRAIN AZKARATE.De todos modos dar las las GRACIAS A RAMON por su profesionalidad.nunca tuvimos ningún incidente en la carretera.que tranquilidad y buena compañía
    AUPA RAMON Y A LA FAMILIA MUCHA FUERZA

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  2. Monti

    Eskerrik asko por ése artículo tan bonito. Yo recuerdo perfectamente esos viajes que me contaba cuando llegaba a casa, muchos recuerdos y horas dedicadas a ése club txuri-urdin. Mila esker

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  3. Jokin

    Como siempre justo y grande Eduardo.
    Da gusto leerte, porque se nota que escribes con el corazón.
    Abrazo!

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