¿Para qué corres?

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El 26 de diciembre del 2016 comencé lo que a día de hoy puedo calificar como el mejor viaje de mi vida. He llorado, he sufrido, lo he pasado mal, he reído, he cantado, me he sentido pletórico, me he venido abajo, me he perdonado, me he permitido, he juzgado, me he sentido responsable,… Pero sobre todo, me he aceptado. Es un viaje sin final. Un viaje a lo más interior de mí. Yo no sabía lo que era el coaching. Ni siquiera sabía si era eso lo que necesitaba, pero hay momentos en los que uno necesita ver más allá, tomar decisiones, y me dejé llevar.

Me reuní por primera vez con quien iba a ser mi guía en el bar Lasarte del barrio de Riberas de Loiola. Mi madre le había contado algo sobre mí, y me sorprendió cuando con mirada penetrante lo primero que me preguntó fue:

¿Lander, para qué corres?

Me pilló fuera de juego ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿De aquella manera se presentaba? Estaba cansado y no tenía fuerzas para contestar a esa pregunta. Pero… ¿Y si no era cansancio? ¿Y si sólo era pereza para contestar a algo que no sabía responder? Porque uno puede decir:

– Corro para disfrutar.
– Corro para sentirme relajado.
– Corro porque me gusta competir.
– …

“Corro porque me gusta” le dije. No estaba del todo convencido de la respuesta, pero nunca me lo había preguntado. Y volvió a atacar:

¿Corres porque te gusta o porque sientes la necesidad de ganar a alguien?

He pasado por muchos deportes. En mi casa se ríen porque dicen que sólo me falta probar el curling y yo les digo que no lo descarto. Me gusta cambiar, probar, experimentar y doy el 150% hasta que me canso. Tengo una batería que se va fundiendo. Envidio a la gente que se centra en algo y es capaz de sentir esa ilusión “de por vida”. Yo no. Pero lo puedo ver desde el lado positivo y pensar que gracias a cómo soy he podido conocer a muchísima gente, he probado diferentes deportes, me he ilusionado con cada uno de ellos como un niño con una piruleta y que todo eso de alguna manera suma. Al fin y al cabo todos vemos lo mismo. Lo que cambia es de qué manera interpretamos nuestra realidad.

Y respondiendo a la pregunta anterior… Sí, siento (o sentía) la necesidad de ganar. Soy muy competitivo y sino lo consigo la batería de la que hablaba anteriormente se va fundiendo a pasos de gigante. Da igual el deporte. Me pongo unas expectativas un tanto altas y sufro para conseguirlas. Sino lo consigo lo dejo. Pero lo que es peor: ¿Qué pasa si lo consigo? Nada. Era mi deber.

Llevaba un año de entrenamientos constantes como runner. 4-5 entrenos semanales. Series largas, cortas, rodajes, cuestas, entrenamientos de fuerza,… Me sentía a tope, y en cambio, no disfrutaba. Tras la primera sesión de coaching que tuve con mi guía dejé de correr. Literal. Estuve 2 meses sin hacer deporte. Mil planes en la cabeza, mil carreras marcadas en el calendario, entrenamientos planificados,… lo tenía todo. Y derrepente no quería correr más. Me di cuenta de que corría para ganar y de que en mi caso no me merecía la pena.

En este largo e intenso viaje sigo descubriendo cosas y me sigo sorprendiendo, pero coloco ésta competitividad en mi niñez. Como muchos niños jugaba al fútbol. Concretamente en la ikastola, con el Lizeo Santo Tomas. Cuando tenía 15 años un ojeador se puso en contacto conmigo. Me quería para el Real Unión. No me lo creía. Estaba muy ilusionado. En julio de ese mismo año empezó la pretemporada y para mí todo era nuevo. Dobles sesiones en verano , 4 entrenamientos semanales en invierno + partido cada semana. Tren a Irun todos los días con vuelta a Donostia a las 11 de la noche en plena etapa de la ESO y parte de bachiller. Las notas bajaron considerablemente. Partidos contra Athletic, Real Sociedad, Alavés, Osasuna, Zaragoza,… jugar de delantero junto a Borja Viguera y contra Raúl García, Agirretxe, Zapater, Fernando Llorente, Garrido,… para mi era un sueño. Era impresionante. Recuerdo que mis amigos me preguntaban: “¿Y os lavan la ropa de entrenamiento?”. Sí, nos lavaban la ropa pero no todo era de color de rosa. Allí eras uno más del montón, porque pocos destacan. Yo me consideraba de los malos. Era buenísimo en entrega y actitud, pero técnicamente me daban alguna que otra vuelta y en esas categorías la entrega está muy bien, pero no es suficiente. Aún así, por lo menos el primer año, jugué casi todo y las cosas marchaban muy bien. Pero el segundo año la cosa se complicó. La división de honor juvenil no es moco de pavo. No era fácil asumir que no entrabas en una convocatoria, que calentabas para jugar 1 minuto o que simplemente ibas a calentar el banco. Los partidos malos pesaban más que los buenos y recuerdo como si fuera ayer el día que tras dos temporadas me presenté allí con toda la ropa. Agur. Lo dejo. No se lo podían creer ¿Por qué no has dicho que no estabas bien? Era el típico niño obediente que nunca se quejaba y hacía lo que mandaban. Eso no quería decir que estuviera de acuerdo con todo y un día exploté. Echaba de menos jugar con mis amigos. Disfrutar en el campo. Me daba igual la élite. Quería volver a lo de antes. Quería disfrutar con el fútbol. Y fue cuando dejé las máximas categorías cuando volví a disfrutar.

Saco muchísimas cosas positivas de mi etapa por Irun, pero soy consciente también de que la competitividad que respiré allí me ha condicionado muchísimo y hoy es el día el cual todavía no he conseguido quitármela del todo.

Hace 2 años uno de mis sueños como corredor era bajar de 40 minutos en 10k. Siempre me quedaba a las puertas, hasta que un día lo conseguí. A partir de ahí no imaginaba una carrera de 10k sin bajar de 40 y mi competitividad llegaba a tal extremo que habiendo tenido dorsal, ha habido carreras en las que no me he presentado simplemente porque no iba a cumplir mis expectativas.

Me avergüenza pensarlo, porque muchísima gente no puede correr, o se lesiona, o se pone enferma… y yo dejaba de salir porque en vez de 39:59 me encontraba para hacer 40:20.

En mi nueva etapa como corredor me estoy tomando las cosas de otra manera. Hace unas semanas corrí la Carrera de Primavera (10k) con un tiempo de 38:42 y una semana más tarde me animé con los 10k de la media maratón. No me sentí bien en carrera y finalmente terminé con exáctamente 1 minuto más: 39:42. Hace unos meses me hubiera enfadado, decepcionado… En cambio me lo tomé de una manera muy natural. No estaba bien (de hecho, tras la carrera estuve 2 días en cama porque debía de tener un virus o algo). Me limité a correr. Disfruté yendo más lento de lo que debía.

En enero de este mismo año me apunté al grupo Run San Sebastián con el objetivo de conocer gente que está metida en este mundillo y de entrenar con ellos. Nos juntamos 2 días por semana y nos lo pasamos pipa. Le damos candela, pero a la vez disfrutamos. A veces me pican y mi vena competitiva vuelve a salir, pero mucho menos que antes. Suelo redondear mi semana de entrenos con otro rodaje sólo o acompañado. Por ahora no necesito más. No quiero más. Podría ir más rápido, podría forzar mucho más, podría…. No quiero. Estoy bien así.

Estoy orgulloso de haber cambiado la mentalidad y de haber conseguido correr para disfrutar. Uno de mis próximos objetivos es dejar los ritmos en casa y probar con la montaña. He corrido demasiado tiempo mirando al reloj. Va siendo hora de mirar para adelante.

Y tú… ¿Para qué corres?

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Nos leemos…




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